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Datos interesantes sobre la higiene en diferentes culturas

Datos interesantes sobre la higiene en diferentes culturas
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Cómo la geografía y la historia modelan nuestros hábitos de limpieza
- Japón: el baño ofuro como frontera entre el mundo y el hogar
- Los países nórdicos: sauna, aire frío y bebés al raso
- India: la mano derecha, la mano izquierda y el poder del agua
- Países árabes: la ablución (wudu) como puente entre cuerpo y oración
- Occidente y Oriente ante los zapatos dentro de casa
- El bidé: la pieza incomprendida del cuarto de baño
- Higiene bucal: mucho más que un cepillo y pasta
- La ducha diaria: una costumbre menos universal de lo que parece
- La lavandería, el olor corporal y las percepciones culturales
- Higiene y espiritualidad: cuando lavarse es rezar
- Consejos para viajar con respeto cultural
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Preguntas frecuentes sobre higiene y culturas del mundo
- ¿Por qué en Japón se lavan primero fuera de la bañera?
- ¿Es más higiénico usar agua o papel después de ir al baño?
- ¿Por qué en el norte de Europa la gente se ducha menos?
- ¿Es una falta de respeto entrar con zapatos en una casa asiática?
- ¿La mascarilla en Japón se lleva por miedo al contagio?
- ¿Sigue teniendo sentido tener bidé en casa?
- Conclusión: mil formas de estar limpio, una sola idea de cuidarse
Hay pocas cosas tan reveladoras de una sociedad como sus rituales de limpieza. Cuando viajamos, cambiamos de idioma, de cocina y de horarios, pero también cambiamos, sin darnos cuenta, la forma en que nos lavamos, nos descalzamos o interpretamos lo que está limpio y lo que no. La higiene no es un concepto universal escrito en piedra: es un espejo cultural donde se reflejan la historia, el clima, la religión y hasta el mobiliario de una casa. Lo que en un país resulta impensable, en otro es una norma social que se aprende desde la cuna.
En este recorrido vamos a explorar costumbres higiénicas de distintos rincones del planeta con curiosidad y respeto, sin juzgar a nadie por hacer las cosas de otra manera. Descubriremos por qué en Japón el baño es casi una meditación, por qué en los países nórdicos los bebés duermen la siesta al aire libre bajo cero, cómo se organizan las manos en la India, en qué consiste la ablución previa a la oración musulmana y por qué el bidé, tan familiar en algunas cocinas mediterráneas, es un absoluto misterio para media Norteamérica. Prepara el té, quítate los zapatos si te apetece, y acompáñanos a un viaje fascinante por el jabón, el agua y las tradiciones.
Cómo la geografía y la historia modelan nuestros hábitos de limpieza
Antes de saltar de país en país, conviene detenerse un momento en algo fundamental: la higiene tal y como la conocemos hoy es un producto reciente, sofisticado y profundamente cultural. Durante siglos, la disponibilidad de agua limpia, la temperatura media, la densidad de población, las creencias religiosas y hasta la arquitectura han condicionado cómo nos aseamos. En los pueblos con inviernos gélidos, calentar agua era un lujo. En zonas desérticas, el agua se administraba como oro líquido. En climas tropicales, sudar obliga a lavarse a menudo. Y en cada sociedad, el cuerpo humano ha sido leído como un territorio con zonas puras e impuras, con manos que dan y manos que reciben, con pies que ensucian y con cabezas que se consideran sagradas.
Aunque hoy compartimos la mayoría de patógenos y disponemos de conocimientos científicos similares, cada cultura ha destilado su propio sistema de rituales. Algunos son prácticos, otros son simbólicos, muchos son ambas cosas al mismo tiempo. Vamos a bucear en ellos con la mirada de un antropólogo aficionado y el corazón de un viajero curioso.
Japón: el baño ofuro como frontera entre el mundo y el hogar
Si hay un país donde la higiene se ha convertido en arte, ese es Japón. La costumbre del baño ofuro consiste en sumergirse en una bañera pequeña y profunda llena de agua muy caliente, generalmente por la noche, después de haberse lavado ya con jabón fuera de la bañera. Es decir, el ofuro no sirve para limpiarse: sirve para relajarse, calentar los huesos y cerrar el día. Por eso el agua se mantiene limpia y toda la familia puede utilizarla, uno detrás de otro, incluso cubriéndola para conservar la temperatura.
Este ritual está tan interiorizado que muchas viviendas cuentan con un cuarto de baño diseñado como una zona húmeda completa, con desagüe en el suelo, taburete bajo y ducha de mano. La bañera está separada por una tapa, y calentar el agua es un pequeño ceremonial doméstico. Dormirse limpio, caliente y en calma se considera una de las claves del descanso, y muchos ancianos japoneses aseguran que el ofuro diario ha sido su mejor medicina contra el estrés y el frío.
A esto se suma otra frontera muy japonesa: la de los zapatos y el interior del hogar. En Japón no se entra con calzado en casa. Existe un pequeño recibidor rebajado, el genkan, donde se dejan los zapatos antes de subir al nivel del suelo doméstico, generalmente cubierto con tatami o parqué. Este gesto tiene una lógica higiénica evidente: fuera se dejan el polvo, el barro y la contaminación de las calles. Pero también es simbólico: el hogar es un espacio purificado, y entrar con las suelas puestas se percibe como una intrusión.
La cultura japonesa también popularizó el uso de la mascarilla mucho antes de que se convirtiera en un objeto global. Allí, ponerse mascarilla cuando uno tiene un resfriado es un acto de cortesía hacia los demás, no un acto de miedo hacia el virus. Es la forma de decir: estoy pachucho, prefiero no contagiarte. Este pequeño gesto revela una filosofía comunitaria de la higiene: cuidarse es cuidar del prójimo.
Y no podemos hablar de Japón sin mencionar las oshibori, esas toallas calientes o frías, húmedas y perfumadas, que aparecen enrolladas al comenzar cualquier comida en un restaurante o al subir a un tren de larga distancia. Sirven para limpiarse las manos antes de comer, pero también para refrescarse la cara y el cuello. La oshibori es hospitalidad hecha textil, un pequeño regalo que dice bienvenido antes de que llegue el primer plato.
Los países nórdicos: sauna, aire frío y bebés al raso
Si viajamos al norte de Europa, la higiene adquiere otra piel. En Finlandia, Suecia, Noruega y Estonia, la sauna no es un lujo ocasional: es un elemento estructural de la vida cotidiana. Se calcula que en Finlandia hay más saunas que coches. Muchas familias tienen una en casa, en el trabajo o en la casita de vacaciones junto al lago. La sauna se utiliza al menos una vez por semana, y se considera un espacio de purificación tanto física como mental.
El calor intenso, la sudoración prolongada y, muchas veces, el chapuzón posterior en agua fría o nieve, se han vinculado tradicionalmente con la salud cardiovascular, la relajación muscular y una piel más luminosa. Pero más allá de sus efectos fisiológicos, la sauna es un lugar de comunidad, donde se habla en voz baja, se descansa desnudo entre iguales y se abandona el ruido del mundo. Es una higiene social además de corporal, un espacio de igualdad donde el jefe y el empleado, el vecino y el desconocido, se encuentran sin uniforme.
Otra costumbre nórdica que sorprende a muchos visitantes es la de dejar a los bebés dormir la siesta al aire libre, incluso con temperaturas bajo cero. En Dinamarca, Suecia, Noruega o Finlandia, es habitual ver cochecitos aparcados frente a cafeterías o en los jardines de las guarderías, con bebés bien abrigados durmiendo plácidamente. Los padres consideran que el aire fresco fortalece las vías respiratorias, mejora el sueño y contribuye a un sistema inmunitario más robusto. Esta práctica se basa en una idea de higiene muy interesante: no se trata solo de eliminar suciedad, sino de exponer el cuerpo a un ambiente estimulante y limpio.
En estos países también se cuida mucho la calidad del aire interior. Ventilar la casa todos los días, aunque haga un frío polar, se considera básico. Se abre la ventana de par en par durante unos minutos y se deja que el aire renueve toda la vivienda. Este simple hábito, poco extendido en el sur de Europa durante los meses fríos, se traduce en menos ácaros, menos humedad y menos contagios respiratorios.
India: la mano derecha, la mano izquierda y el poder del agua
En la India, la higiene se organiza en torno a una división corporal fundamental: la mano derecha para comer, saludar y ofrecer; la mano izquierda para las tareas relacionadas con la limpieza íntima. Esta separación tiene su origen en costumbres milenarias en las que el agua, y no el papel, era el elemento central de la limpieza tras ir al baño. Como no existía otro utensilio, la mano izquierda se convirtió en la responsable de esa tarea, y por lógica quedó excluida de todo lo demás.
Aún hoy, extender la mano izquierda para saludar o para dar un billete puede considerarse descortés en muchas partes del subcontinente indio. En una comida tradicional, en la que se come con los dedos usando pan como cuchara, la mano izquierda descansa sobre la pierna. Este código no es un mero formalismo: es un mecanismo eficaz para evitar contaminaciones cruzadas en sociedades donde el agua corriente no siempre ha sido accesible.
El uso del agua después de ir al baño, en lugar de papel, sigue siendo la norma en gran parte de la India y de otros países asiáticos. Se emplean pequeñas jarras, mangueras o duchas de mano específicas. Muchos indios que viven en Europa reconocen echar de menos esa sensación de frescor. Desde el punto de vista higiénico, existe un consenso creciente entre expertos en dermatología de que el agua es más eficaz que el papel para retirar residuos y es más suave con la piel.
Además, en la tradición hindú, la ducha o el lavado matutino antes del rezo forma parte de la preparación diaria. La limpieza corporal está entrelazada con la limpieza espiritual, un patrón que se repite en muchas otras culturas. Bañarse en un río sagrado como el Ganges es, para muchos hindúes, un acto que purifica no solo el cuerpo, sino también los actos pasados. La higiene, en este contexto, se convierte en una forma de contabilidad moral.
Países árabes: la ablución (wudu) como puente entre cuerpo y oración
En el mundo musulmán, la higiene está profundamente unida a la práctica religiosa. Antes de cada una de las cinco oraciones diarias, los fieles realizan la ablución ritual, conocida como wudu. Este lavado sigue un orden preciso: manos, boca, nariz, cara, brazos hasta el codo, cabeza, orejas y pies. Se hace tres veces cada parte, con agua limpia, en silencio o murmurando invocaciones.
El wudu no persigue solo la limpieza física. Es un umbral simbólico entre lo profano y lo sagrado, una manera de presentarse ante la oración con el cuerpo y la mente aclarados. Cuando no hay agua disponible, existe un ritual alternativo llamado tayammum, que se realiza con tierra o arena limpia y que refleja la sabiduría práctica de una religión nacida en el desierto.
Además del wudu, la tradición islámica insiste mucho en la limpieza tras las necesidades fisiológicas, con abundante uso de agua, y en el mantenimiento del entorno doméstico. Las mezquitas, por su parte, se entran siempre descalzos, con los pies previamente lavados, y suelen contar con salas de abluciones amplias y bien equipadas. Como en Japón, aquí también los zapatos marcan la frontera entre lo puro y lo impuro.
Esta cultura higiénica tuvo, además, un enorme impacto histórico: durante la Edad Media, cuando la Europa cristiana desconfiaba del agua por miedo al contagio, en Al-Ándalus florecieron los baños públicos, con salas de vapor, masajistas y agua caliente. Muchas ciudades españolas conservan aún hoy hammams inspirados en esa tradición, y algunas expresiones cotidianas del castellano, como jabón o alcohol, provienen precisamente del árabe. La higiene medieval española tiene, en muchos sentidos, un acento andalusí.
Occidente y Oriente ante los zapatos dentro de casa
Uno de los debates domésticos más interesantes es el que enfrenta a quienes se quitan los zapatos al entrar en casa y a quienes no. En gran parte de Asia, Europa del Este y los países nórdicos, entrar con calzado de calle en el salón es sencillamente impensable. Se ofrecen zapatillas al invitado, o se camina con calcetines gruesos. En Rusia, Ucrania, Polonia o Chequia esta norma es tan estricta como en Corea, Tailandia o Japón.
En cambio, en muchos hogares de Estados Unidos, Reino Unido o el sur de Europa, la costumbre de descalzarse aún no se ha impuesto del todo, aunque va ganando terreno. La discusión no es solo estética: los estudios microbiológicos han mostrado que las suelas de los zapatos pueden transportar bacterias, restos de fertilizantes y contaminación urbana desde la calle hasta el sofá.
| Región | Zapatos dentro de casa | Ritual asociado |
|---|---|---|
| Japón y Corea | No | Genkan, zapatillas específicas |
| Países nórdicos | No | Recibidor con zapatero |
| Europa del Este | No | Zapatillas para invitados |
| Sur de Europa | Variable | Alfombras y felpudos |
| Estados Unidos | Sí, con matices | Cada vez menos habitual |
| Mundo árabe | No en zonas de oración | Descalzo o con babuchas |
Esta pequeña costumbre revela grandes diferencias sobre cómo se concibe el hogar: como refugio purificado o como continuación de la calle. En países con niños pequeños que gatean por el suelo, el argumento de descalzarse gana cada vez más adeptos, y no faltan familias españolas que han adoptado esta práctica de origen asiático para preservar la limpieza del parqué y la salud de los peques.
El bidé: la pieza incomprendida del cuarto de baño
Hablemos ahora de un objeto que despierta pasiones a favor y en contra: el bidé. Inventado en Francia en el siglo XVII, popularizado en Italia, aún muy presente en Portugal y en algunas casas españolas, el bidé es a la vez una reliquia mueble y un artefacto de sorprendente eficacia. En Italia, hasta hace pocos años, la ley exigía su presencia en cualquier vivienda de nueva construcción, y muchos italianos aseguran que no comprenden cómo se puede vivir sin él.
En España, el bidé fue una pieza casi obligatoria en los baños construidos entre los años sesenta y noventa, pero las nuevas reformas tienden a eliminarlo para ganar espacio. Y sin embargo, en Japón el bidé ha resucitado con fuerza en forma de inodoro tecnológico con ducha integrada, calefacción y música ambiental, un aparato que combina la tradición asiática del agua con la pasión japonesa por la ingeniería aplicada al bienestar.
Desde el punto de vista higiénico, el uso del agua después de ir al baño es una alternativa suave y eficaz al papel, especialmente recomendable para pieles sensibles, para personas mayores o para quienes sufren problemas dermatológicos. En un contexto de creciente preocupación medioambiental, además, reduce el consumo de celulosa y el impacto forestal derivado de su fabricación.
Higiene bucal: mucho más que un cepillo y pasta
La forma de cuidar los dientes es otra ventana fascinante a las diferencias culturales. En Occidente, el estándar es cepillado con pasta dental fluorada, hilo dental y enjuague. En muchos países árabes, africanos e indios se sigue utilizando el miswak, una ramita del árbol Salvadora persica cuya fibra actúa como cepillo y libera compuestos antibacterianos naturales. La ciencia contemporánea ha reconocido su eficacia y algunos estudios lo consideran comparable a un cepillado con pasta.
En Japón, la higiene bucal se toma tan en serio que muchos empleados se cepillan los dientes en la oficina después de comer, y las tiendas de conveniencia venden cepillos plegables. En Suecia, la fluorización del agua y las campañas escolares han reducido la caries a mínimos históricos. En cambio, en países donde el acceso al dentista es limitado, se conservan tradiciones como el uso de carbón vegetal, sal o hierbas específicas para reforzar las encías.
Otro rasgo curioso es la costumbre, extendida en la India, el sudeste asiático y algunas zonas de África, de raspar la lengua por la mañana con un pequeño utensilio metálico. La medicina ayurvédica lleva siglos recomendándolo, y hoy los odontólogos coinciden en que reduce la carga bacteriana y mejora el aliento. En Corea del Sur, por su parte, es habitual llevar en el bolso un pequeño kit de cepillado para usar después de cada comida, sea en el restaurante o en la oficina.
La ducha diaria: una costumbre menos universal de lo que parece
Muchas personas dan por hecho que ducharse cada día es una norma global. No lo es. La ducha diaria es un fenómeno relativamente reciente, ligado a la disponibilidad masiva de agua corriente caliente, que se ha extendido sobre todo en climas cálidos y en sociedades urbanas.
En países como España, Brasil o Colombia, muchas personas se duchan una o incluso dos veces al día. En cambio, en gran parte del norte de Europa, la ducha diaria no es la norma, sino la excepción: dos o tres duchas semanales se consideran suficientes, y en su lugar se recurre al lavabo, al bidé o a la sauna. En Alemania o Reino Unido, ducharse a diario ni siquiera se considera imprescindible, y muchos dermatólogos lo desaconsejan porque puede alterar la barrera cutánea natural.
Este dato sorprende a menudo a los viajeros mediterráneos, pero tiene su lógica: en climas fríos y secos, la piel se reseca con facilidad, el sudor es menos abundante y el uso excesivo de agua caliente y jabón puede destruir el manto lipídico protector. Los dermatólogos coinciden hoy en que más ducha no siempre es más higiene. Lo importante es lavarse las zonas clave con productos suaves y respetar la microbiota de la piel.
| País | Frecuencia media de ducha | Elemento destacado |
|---|---|---|
| España | Diaria, a veces doble | Gel hidratante, bidé opcional |
| Reino Unido | 3 a 5 por semana | Baño de tina tradicional |
| Alemania | 3 a 4 por semana | Sauna y lavabo |
| Brasil | Dos veces al día | Clima cálido y húmedo |
| Japón | Diaria más ofuro | Ducha y bañera separadas |
| Finlandia | Sauna semanal | Ducha corta funcional |
La lavandería, el olor corporal y las percepciones culturales
Junto al cuerpo, la higiene también se juega en la ropa. En algunos países se cambia la camiseta interior cada día. En otros, se lava el jersey entero tras un solo uso. En Japón, es habitual airear el futón al sol todas las mañanas. En Francia, existe una relación cariñosa con las prendas usadas varias veces sin lavar, siempre que estén perfumadas. Cada sociedad decide qué se considera limpio, qué se considera pasable y qué se considera sucio.
Lo mismo ocurre con el olor corporal. En sociedades muy desodorizadas, cualquier aroma humano se percibe como una falta de higiene. En otras, el olor natural forma parte de la identidad de la persona y no se combate con la misma intensidad. Estas percepciones cambian con el tiempo: el perfume nació precisamente como sustituto del agua en épocas en que bañarse era arriesgado, y hoy vuelve a valorarse como complemento y no como sustituto de la higiene.
En Corea del Sur, curiosamente, la mayoría de la población carece genéticamente del gen responsable del olor corporal fuerte, y por eso el mercado del desodorante ha sido tradicionalmente pequeño. En cambio, en países mediterráneos y del norte de Europa, el desodorante forma parte del kit básico de higiene diaria. Otro pequeño detalle que revela que la biología también cuenta en esta historia.
Higiene y espiritualidad: cuando lavarse es rezar
Si algo hemos visto en este recorrido es que la higiene rara vez es solo higiene. En el hinduismo, sumergirse en el Ganges tiene un valor purificador que trasciende la limpieza del cuerpo. En el judaísmo, el mikvé es un baño ritual de inmersión en momentos clave de la vida. En el sintoísmo japonés, el temizu, el enjuague de manos y boca antes de entrar en un templo, prepara al fiel para el encuentro con lo sagrado.
Este entrelazamiento entre lo físico y lo espiritual explica muchas costumbres que a primera vista parecen exageradas. Cuando alguien se lava tres veces la cara antes de rezar, no lo hace porque esté sucia: lo hace porque el gesto es una forma de silencio interior, un modo de decir estoy listo. La higiene, entendida así, es un lenguaje que atraviesa todas las religiones y todas las épocas, y que resiste, con distintos rostros, en un mundo cada vez más apresurado.
Consejos para viajar con respeto cultural
Cuando viajamos a un país cuya higiene funciona de otro modo, conviene observar antes de opinar. Descalzarse en cuanto se cruza la puerta, dejar la mano izquierda tranquila en la mesa, aceptar la toalla oshibori con las dos manos, entrar en la sauna sin ropa, no rechazar el ofrecimiento del bidé, no arrugar la nariz si el anfitrión no se ducha tan a menudo como nosotros: todos estos pequeños gestos son formas de decir que respetamos la casa donde nos han acogido. Y también son una lección: no existe una única forma correcta de estar limpio.
Muchos viajeros que se han acostumbrado a las costumbres locales las han incorporado luego a su vida en casa. Quitarse los zapatos al entrar. Airear la ropa de cama por la mañana. Ventilar la casa aunque haga frío. Cepillarse los dientes después de cada comida. Usar el bidé o instalar una ducha de mano junto al inodoro. Aceptar que dos duchas cortas a la semana pueden ser tan higiénicas como una diaria interminable. Cada tradición aporta un pequeño truco, y quien viaja con la mente abierta vuelve con la maleta llena de gestos útiles.
Preguntas frecuentes sobre higiene y culturas del mundo
¿Por qué en Japón se lavan primero fuera de la bañera?
Porque el ofuro no es un baño para limpiarse, sino para relajarse y calentarse. La limpieza real se hace con jabón y ducha fuera de la bañera, y el agua caliente de dentro se conserva limpia para todos los miembros de la familia, uno tras otro. Es un sistema respetuoso con el agua y con el resto de la casa.
¿Es más higiénico usar agua o papel después de ir al baño?
En términos dermatológicos, el agua tiende a ser más eficaz para retirar residuos y más suave con la piel, especialmente si va acompañada de un secado adecuado. Culturas como la india, la japonesa moderna, la árabe o la mediterránea del bidé llevan siglos apostando por el agua, y cada vez más estudios apoyan esa preferencia.
¿Por qué en el norte de Europa la gente se ducha menos?
Por razones climáticas y dermatológicas. En climas fríos y secos, el sudor es menor y el agua caliente frecuente puede resecar la piel y dañar su barrera protectora. Además, la sauna semanal y el lavado localizado se consideran suficientes para mantener una higiene adecuada.
¿Es una falta de respeto entrar con zapatos en una casa asiática?
En Japón, Corea, gran parte de China, Tailandia o Vietnam, sí. Se considera una intrusión que ensucia el espacio íntimo del hogar. Lo educado es descalzarse en el recibidor y usar las zapatillas que ofrezcan los anfitriones o quedarse con calcetines limpios.
¿La mascarilla en Japón se lleva por miedo al contagio?
Más bien por cortesía. Cuando un japonés está resfriado, se pone mascarilla para no contagiar a los demás. Es un gesto de responsabilidad social, no de aprensión. En otros contextos, también se usa para protegerse del polen, del frío o simplemente para tener intimidad en el transporte.
¿Sigue teniendo sentido tener bidé en casa?
Sí, sobre todo por comodidad, ahorro de papel, sostenibilidad y salud dermatológica. Muchos países del sur de Europa lo han conservado por eso, y la tecnología japonesa lo ha reinventado con la ducha integrada en el inodoro. Su presencia es cada vez más valorada por dermatólogos y ecologistas.
Conclusión: mil formas de estar limpio, una sola idea de cuidarse
Recorrer las costumbres higiénicas del mundo es recorrer, en el fondo, la historia de la humanidad. Cada baño, cada ablución, cada ritual del descalzado guarda memoria de climas, de escaseces, de creencias y de una idea muy antigua: cuidar el cuerpo es cuidar el vínculo con los demás y con lo que nos rodea. No hay una manera única de estar limpio, sino miles de formas de intentarlo, y todas merecen ser observadas con curiosidad.
La próxima vez que un anfitrión te ofrezca zapatillas al entrar, una toalla caliente antes de comer o una jarrita junto al inodoro, acéptalas con una sonrisa. Estarás participando de una tradición cultural que lleva siglos perfeccionándose. Y quizá, al volver a casa, descubras que algunos de esos gestos merecen quedarse: un buen baño caliente al final del día, un rato de sauna a la semana, el bidé de siempre, la mascarilla cuando uno tiene mocos, la ventana abierta cada mañana. La higiene es, al final, una conversación con los demás, y aprender de otras culturas la vuelve mucho más rica, más consciente y, sin duda, más humana.
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